martes, 6 de abril de 2010

Ejercicio inventado para el cuento "Los girasoles ciegos"

- Explica cómo se siente Ricardo durante el periodo en que transcurre el cuento y arguméntalo.

Al principio, Ricardo, aunque no está contento de estar escondido en su propia casa, tiene la esperanza de que algún día podrá salir, o escapar hacia otro lugar, quizás mejor para todos (para él, para su familia y para los policías, ya que sería un problema menos). Ricardo va traduciendo los textos que Elena, su mujer, le trae de su trabajo. De esta forma, Elena puede ganar algo de dinero para comprar comida. Ricardo no es feliz, pero no está tan triste sabiendo que su familia está bien de salud y que no es perseguida por los policías. Se siente solo, ya que no puede salir a la calle, ver a sus amigos y respirar aire puro, el aire de la libertad. Vive en una constante preocupación y en un constante miedo a que le descubran, y lo que es más: que hagan daño a su hijo y a su mujer. A medida que pasa el tiempo, se va cerrando en sí mismo: está largos ratos dentro del armario donde se esconde cuando hay visita. Llega a un punto en el que no sale del armario ni siquiera para comer. Eso demuestra que tiene una gran depresión, ya no tiene ánimos ni para hacer lo esencial en la vida. Para colmo, está muy molesto con la actitud del hermano Salvador con Elena, ya que ella no puede dar indicios de que su marido está vivo. Ricardo, al final del cuento, ya no tiene fuerza para vivr, está harto de la vida privada de la mínima libertad, así que cuando el hermano Salvador entra en su casa y hace daño a su mujer, Ricardo no puede aguantar ese gran dolor y se suicida, terminando así con el sufrimiento y las preocupaciones, con el miedo y el sentimiento de culpa, con todo.

Desconfianza y temor

Escribe unas líneas desde el punto de vista de la madre de Lorenzo, que se siente acosada por el diácono maestro de Lorenzo.

Des del principio, mi hijo se sintió reacio a ir al colegio. Primero pensé que eran cosas de niños, pues cuando empiezan a crecer comienzan a detestar las obligaciones, pero cuando Lorenzo nos explicó que su profesor le preguntaba acerca de su familia, empecé a alarmarme.

La cosa fue a más, y Lorenzo nos contaba que las preguntas que le hacía el diácono
que tenía como profesor se estaban convirtiendo en un acoso, pues no lo dejaba en paz en ningún momento que mi hijo tenía libre.
Lorenzo cada vez insistía más en dejar de asistir a clase, ya que quería fingir enfermedades y hacer demás locuras para evitar el colegio.

Yo ya no sabía que hacer: entre el niño reacio a ir a la escuela, el diácono que a saber que se traía entre manos y mi marido escondido en un armario la mayor parte del día y que cada vez se volvía más autista yo estaba al borde de un ataque de nervios.

Pero un día lo descubrí, él ni se dió cuenta, pero yo le vi: el muy desgraciado me estaba siguiendo. Sí, el maestro de mi hijo. Sí, un clérigo. ¿Así que todo lo que le preguntaba a Lorenzo era porque estaba interesado en mí? Sentí en parte alivio y en parte repulsión. No quería que descubrieran a mi marido, y me había quitado un peso de encima el saber que nadie sospechaba y que nadie nos estaba investigando... pero no me hacía mucha gracia que ese cura se obsesionara conmigo.

Decidí no darle demasiada importancia hasta que pasó lo inesperado. Fue muy rápido y muy desconcertante: el hermano Salvador (el maestro de mi hijo) llamó a la puerta de mi casa preguntando por Lorenzo, pero luego vino hacia mí y se me puso a horcajadas encima intentando violarme. Me sentí sucia, indefensa, rabiosa y engañada a la vez cuando vi a mi marido salir del armario y atacar al hermano Salvador. Lo que pasó después, no merece la pena recordarlo.

Los girasoles ciegos

Explica como argumenta el padre Salvador sus acciones, y porque lo hace así.

El padre Salvador intenta hacer entender en su carta que él no quería hacerle daño a Elena, y que lo hizo sin querer, ya que dice que ella se le mostró muy cariñosa, simplemente para intentar que se fuera lo antes posible y que no descubriera a Ricardo.

En la carta que se puede ver que escrive durante el relato, el padre Salvador intenta convencer a un superior suyo a la vez que intenta convencerse a si mismo de que no la agredió.

ejercicio de los girasoles ciegos

  • Resume en 5 líneas, diciendo así lo más importante e indispensable, el último cuento de Los girasoles ciegos.

El ultimo cuento mezcla la 1a persona (del diácono )y en 3a persona (del niño) en el que se cuenta la historia del padre del niño (topo), republicano, que se refugia en un armario de la casa. El diácono de la escuela del niño se obsesiona con la madre del niño y acude a la casa con la excusa del niño. El diácono intenta violar a la mujer y su marido sale del armario para evitar ese echo. El diácono se marcha de la casa para llamar a la policía y el padre se suicida ante su mujer e hijo.

lunes, 5 de abril de 2010

¿De ellos quién me va a proteger?

Podría ser que él pensara que nada ya es lo de antes, que la vida debería estar en otra parte, con cárceles de oro, con amor sin tregua…. Podría ser que el tiempo había pasado, que las cosas habían cambiado, aún así corremos delante de los mismos, porqué pasado el tiempo hay quién no envejeció. Podría ser que regresando a casa contaba monedas, sumaba derrotas, volvía sin excusas, sin paz ni trabajo, dónde me esperaba mi razón de vida. Podría ser que a nuestro futuro le eran arrancadas las horas.


Y quizás, algún día podríamos volver a tapar las calles hasta que amanecieran con futuro, y mostrar a la vida nuestra obligación de ser feliz. Y aún así nunca dejo de soñar que volveremos a ser libres, puros y tú me pondrás flores en el pelo.

Si él se va... entonces ¿qué pasa con nosotros?

Hoy, martes, me he dado cuenta de que vivo entre dos mundos separados por una puerta: la de un tercer piso en una calle de Madrid.



En un mundo, el más complicado por naturaleza, soy Lorenzo, tengo 7 años y soy huérfano de padre. Voy al colegio y mi madre es la única persona de mi familia. Mis profesores me vigilan, me preguntan y lo único que puedo pensar es que ese mundo me agobia. No me gusta. Me produce angustia y contradicción, y todo porque sé que es una completa mentira. Es el mundo real, no en el que vivo, sino en el que me obligan a vivir.



Cruzo la puerta.



Vivo en un mundo íntimo, en mi casa. Estoy rodeado de silencios y de miedos, pero arropado por el amor y el cariño de mi padre, que, obligado por las circunstancias, vive en el otro lado del espejo, oculto de la vida real, de lo cotidiano. Todo es más complicado. Mi madre, el nexo de unión. Es el alma que nos da ánimo a los demás, que lo perdimos hace tiempo. Heroína de la historia. Enamorada. Todo lo hace por amor.



Cruzo la puerta de nuevo.



El ascensor ha bajado tres pisos y, por mucho que no quiera, vuelvo a estar viviendo en la parte que refleja el espejo. Mi profesor acosa a mi madre a la que cree viuda, lo que no sabe es que el anillo en su dedo gana validez una vez ha cruzado la puerta de casa.

Nos obligan a creer que la guerra ha sido una victoria en mayúscula, que las víctimas eran héroes y los muertos caídos por Dios y por España. Todo era real pero nada verdadero, y yo aprendí a diferenciarlo.



Mi padre es fiel a lo que piensa, no quiere matar por defenderlo. ¿Si tiene derecho a pensarlo? Por supuesto que tiene derecho, porque no hiere a nadie. Porque él no es como los demás. Porque mi madre lo entiende y lo comprende, aunque cada vez sea más complicado hablar con palabras. Yo sé que ellos se quieren.



Cuando chocan los dos mundos y descubren a mi padre, fiel a si mismo por amor, por dignidad, por fidelidad, por principios y por convicciones todo se desmorona.


El secreto que hemos ocultado durante años nos explota en la cara. No comprendo lo que pasa, no del todo, pero sé que no está bien. Mi profesor, la persona que en teoría tendría que enseñar y ayudar a los niños y a las personas en general, no había parado hasta que lo había conseguido. Nos ha destrozado la vida.



Ahora ya nada es un secreto. ¿Cómo puede ser un secreto algo que ya no compartes con las dos personas más importantes de tu vida? Y es entonces cuando, consciente en todo momento de sus acciones, decide zanjar el asunto de la manera que él cree la indicada. Se acerca a la ventana y se tira. Nos deja. Se va. Él muere… y todos morimos un poco.



Recuerdo que, hace algunos meses, miré a mi padre pero me ví a mi mismo. Dios sabrá qué tipo de metáfora era esa y qué significado tenía, pero creo que me hice una idea. A día de hoy, yo tampoco lo he olvidado...

lunes, 1 de marzo de 2010

Testamento Vital

Elena se marchó, dejó olvidado un cuerpo dormido. Eulalio dejó abiertas las ventanas. Ella se alejó sonriendo, imaginando mientras la tarde caía, ese camino, también el fin del trayecto. Él imaginaba dos entradas para el cielo. A ella le quedaba despedirse y arder en una estrella. A él disponer que abrieran las ventanas otra vez y le dejasen marchar, que la noche no le doliera. Aunque así, una ofrenda sin pedir a gritos la vida le trajo, su pequeño milagro. Sin embargo conocerle aquí fue todo aquello que algún día fueron y a la vez fue encontrar el tesoro que escondían los dos. A la luz de la noche se intercambiaban lloriqueos y palabras, “Duerme, mi pequeño, que en el país al que vas dormido escriben la verdadera historia los vencidos. No temas despertarte, que la luz que se cuela por el tamiz de tus sueños alumbra esta noche y limpia el cielo del mundo. Duérmete y que vuestro sueño custodie el futuro.”, hasta que bañando la noche sin luz de su utopía, su voz fue incapaz de tapar ese estruendo.
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